Más allá del cerebro
Mónica Craig
Pinky: Buen día, ¿qué vamos a hacer hoy?
Cerebro: Lo mismo que intentamos hacer todas las noches, Pinky, intentar dominar el mundo.
La canción temática continúa para estos dos personajes: uno es un genio y el otro está loco.
En mi opinión, la canción principal de esta caricatura personifica admirablemente la dicotomía entre el aspecto genial de nuestro cerebro y nuestra obsesión delirante con él.
Para aquellos que nunca han escuchado la canción principal de esta caricatura, aquí está el enlace en YouTube…
https://www.youtube.com/watch?v=e_mPrhwpZ-8
Mi primera introducción a nuestro asombroso cerebro fue durante mis clases de biología en secundaria, cuando tenía unos 11 años. Se trataba principalmente de una visión general del sistema nervioso central y del sistema nervioso periférico. Se presentaba al cerebro como el que controlaba por completo todo en el cuerpo y la mente. La noción de sistemas de circuito cerrado entre órganos no se aceptaba; además, la inteligencia y la consciencia se consideraban rasgos únicos de los humanos.
Esta narrativa me pareció muy extraña. ¿Por qué un órgano se juzgaría a sí mismo y a su entorno? Me pareció como un bucle recursivo del cerebro observándose a sí mismo: fascinante, extraño y algo alarmante. En los últimos años, la centralidad cerebral se ha revisado, al menos desde un punto de vista fisiológico, pero no necesariamente en lo que respecta al reconocimiento de otras formas de inteligencia, como las que se encuentran en plantas y animales.
No cuestiono los avances de la neurociencia humana ni las notables capacidades de nuestro cerebro, pero sí creo que es necesario un cambio de paradigma.
Perspectiva cardiocéntrica vs. cefalocéntrica en la medicina antigua
Todas las civilizaciones antiguas creían que el corazón era el centro biológico y espiritual del cuerpo. La perspectiva cardiocéntrica mantuvo un papel especial en la medicina durante milenios. La medicina antigua parece no disociar la espiritualidad de la realidad física.
Los textos médicos más antiguos se encontraron en el antiguo Egipto. El papiro Kahoun, fechado en 1950 a. C., y el papiro Edwin Smith, en 1600 a. C., respectivamente. Estos primeros documentos médicos indican que los antiguos egipcios conocían la anatomía cerebral. Por ejemplo, ya sabían que una lesión cerebral o de la médula espinal podía provocar parálisis. Estos documentos mencionaban la práctica de la cirugía, incluida la neurocirugía. Esto demuestra que los egipcios comprendían aspectos de la neuroanatomía y la neurociencia. Curiosamente, el cerebro no se consideraba tan importante como el corazón. Durante la momificación, el cerebro se desmembraba y se desechaba, mientras que el corazón se momificaba y se devolvía al cadáver. Se creía que el corazón era el centro de la mente humana.
En el siglo IV a. C., Aristóteles identificó el corazón como el órgano más importante, no el cerebro. Aristóteles fue un erudito y escribió sobre diversos temas, además de la medicina. Cabe destacar que los antiguos griegos tenían opiniones divididas sobre cardiocentrismo y cefalocentrismo. Por ejemplo, Pitágoras (570-495 a. C.) creía que el cerebro era el centro de la inteligencia y no situaba explícitamente al corazón como el centro del alma. Sin embargo, tanto Aristóteles como Pitágoras creían en la existencia del alma.
El fundamento de la medicina tradicional china (MTC) se basa en un tratado escrito alrededor del año 200 a. C. (Huangi Neijing, el Clásico de Medicina del Emperador Amarillo). Tradicionalmente, el cerebro no se consideraba un órgano, mientras que el corazón, el hígado, el bazo, los pulmones y los riñones sí lo eran. Si bien la neurología, tal como la entendemos hoy, aparentemente fue ignorada en la MTC, ha sido capaz de tratar enfermedades neurológicas. La MTC se ha practicado durante 23 siglos. La MTC considera que el cuerpo, la mente y el espíritu están profundamente conectados y tienen roles intercambiables. Esta creencia integradora se ha transmitido a otras culturas médicas antiguas, como la medicina védica india (medicina ayurvédica), con 6000 años de antigüedad. En otras palabras, la curación era un enfoque holístico, a diferencia de la medicina moderna, que tiende a compartimentar el cuerpo. Además, la ciencia y la medicina modernas, en su conjunto, tienden a disociar el aspecto físico del cuerpo del espiritual.
El corazón
El conocimiento científico actual demuestra que el corazón es mucho más complejo que una simple bomba circulatoria. Además de impulsar la sangre por todo el cuerpo, el corazón funciona como una glándula endocrina y contiene un sistema nervioso intrínseco. Su señalización endocrina contribuye a la homeostasis cardiovascular, mientras que aproximadamente 40,000 neuritas sensoriales forman una sofisticada red neuronal capaz de realizar ciertas actividades reguladoras independientes del cerebro, a menudo denominada el "minicerebro" del corazón.
Estas características sugieren que el corazón demuestra una forma de inteligencia funcional. Los ritmos cardíacos influyen en la actividad cerebral, y esta comunicación es bidireccional: el sistema nervioso central regula la función cardíaca, mientras que el corazón afecta simultáneamente los procesos neuronales. El ritmo cardíaco también desempeña un papel medible en la configuración de los estados emocionales y el rendimiento cognitivo.
Algunos estudios han reportado cambios en el comportamiento y la personalidad de individuos tras un trasplante de corazón, lo que sugiere que el sistema nervioso autónomo podría integrar las funciones cardiovasculares y cognitivas. Sin embargo, la investigación en esta área aún está en desarrollo y los hallazgos actuales no son concluyentes. Lo que sí está claro es que el sistema cardiovascular hace mucho más que circular la sangre: sus interacciones dinámicas con el sistema nervioso lo convierten en un componente esencial de la regulación emocional y cognitiva.
El eje microbioma-intestino-cerebro
El eje intestino-cerebro es una red de comunicación bidireccional entre el sistema nervioso central (SNC) y el sistema nervioso entérico (SNE), este último integrado en el revestimiento del tracto gastrointestinal. Este sistema permite que el cerebro influya en la digestión y la actividad intestinal, mientras que el intestino influye simultáneamente en el estado de ánimo, la cognición y la salud mental.
Se estima que hay aproximadamente cien billones de células microbianas en el intestino, superando en número a las células humanas por un margen significativo. Los humanos y los microbios han coevolucionado durante millones de años, formando una relación simbiótica esencial para la salud. Investigaciones recientes destacan el papel crucial del microbioma intestinal (un ecosistema de bacterias, hongos, virus y protozoos que reside principalmente en el tracto gastrointestinal) en la modulación de la función cerebral y el comportamiento. El microbioma intestinal desempeña un papel significativo en la producción y regulación de neurotransmisores como la serotonina y el GABA. Cada vez hay más evidencia que sugiere que las alteraciones en el microbioma intestinal contribuyen a afecciones como la depresión, la ansiedad y los trastornos del espectro autista. Es notable, y un poco humillante, que los microorganismos en nuestro intestino puedan tener una influencia tan profunda en el cerebro. Nos gusta pensar que nos centramos en el cerebro, ¡pero quizás estos bichos estén dirigiendo el espectáculo!
Pulpos: múltiples cerebros y corazones
Los pulpos son ampliamente considerados como los invertebrados más inteligentes. Su capacidad para realizar tareas como abrir frascos, a menudo demostrada en entornos de investigación y videos en línea, resalta sus avanzadas habilidades para la resolución de problemas. Un pulpo tiene aproximadamente 500 millones de neuronas, una cantidad comparable a la de algunos mamíferos como los perros. Si bien el pulpo tiene cerebro, también posee ocho grupos neuronales descentralizados en sus brazos. Estos sistemas nerviosos, ubicados en los brazos, pueden operar de forma semiindependiente del cerebro central. Cada brazo tiene ventosas que permiten al pulpo interactuar con su entorno mediante entradas sensoriales y motoras. Sorprendentemente, las ventosas funcionan de forma completamente independiente gracias a la segmentación del sistema nervioso de los brazos. Esto significa que cada ventosa puede tomar decisiones por sí misma. Las ventosas del pulpo tienen vías neurológicas que evitan el cerebro y los ganglios neuronales de los brazos.
Además de su arquitectura neuronal única, los pulpos tienen tres corazones: un corazón sistémico que bombea sangre por todo el cuerpo y dos corazones branquiales que bombean sangre a través de las branquias.
¿Podrían los pulpos ser extraterrestres?
Inteligencia sin cerebro
La inteligencia no siempre requiere un cerebro. Por ejemplo, los glóbulos blancos buscan y destruyen activamente patógenos, un proceso observable en imágenes microscópicas. Estas células no son pasivas; integran señales ambientales y toman decisiones dependientes del contexto de forma autónoma.
Los mohos mucilaginosos ofrecen otra demostración convincente de inteligencia celular. La especie Physarum polycephalum ha sido ampliamente estudiada y puede realizar tareas complejas sin necesidad de sistema nervioso. Los mohos mucilaginosos pueden recorrer laberintos en busca de alimento, recordar la ubicación de nutrientes y adaptar su comportamiento según experiencias pasadas. Pueden detectar fuentes de alimento a distancia y responder dinámicamente a los cambios ambientales. Por ejemplo, al estudiarlos científicamente en laboratorios, se descubrió que pueden reforzar sus rutas al llegar a una fuente de alimento en un laberinto o abandonar la búsqueda cuando llegan a un callejón sin salida o cuando el camino no es óptimo. En otras palabras, los limos saben cómo optimizar sus búsquedas para encontrar la ruta más eficiente a través de un laberinto.
Estos ejemplos desafían las definiciones tradicionales de cognición e ilustran que el comportamiento inteligente puede surgir incluso en ausencia de cerebro.
Los pros y contras de la inteligencia humana
La inteligencia humana suele atribuirse a nuestro gran cerebro. Si bien esto es cierto, es probable que sea única debido a nuestras funciones cognitivas altamente desarrolladas, como el lenguaje y la capacidad de registrarlo por escrito. Esta capacidad ha permitido a los humanos transferir información compleja y abstracta de forma acumulativa a lo largo de las generaciones. En otras palabras, cada nueva generación no necesita redescubrir conceptos como la circulación sanguínea o cómo construir un rascacielos. No podría escribir este artículo si otros no hubieran aportado previamente conocimiento científico.
Desafortunadamente, esta ventaja no siempre es beneficiosa. El cerebro humano puede generar pensamientos abstractos que pueden usarse para bien o para mal. El conocimiento cultural y social no siempre contribuye al mejoramiento de la humanidad ni del mundo natural. Culturalmente, tendemos a ser antropocéntricos en nuestra visión de otras formas de inteligencia. A lo largo de los siglos, el conocimiento acumulado también ha generado justificaciones de la injusticia, como el racismo, la desigualdad de género y el maltrato animal, por mencionar solo algunas deficiencias de nuestro intelecto.
La ciencia en sí misma no es inmune a las construcciones mentales erróneas. Paul Broca (1824-1880), el científico que descubrió la región cerebral responsable del procesamiento del lenguaje —ahora conocida como el área de Broca—, también tenía opiniones profundamente racistas sobre las capacidades mentales de las mujeres y las personas de color. Como hombre blanco del siglo XIX, Broca fue en gran medida un producto de su época. Este ejemplo pone en tela de juicio la supuesta omnipotencia del intelecto humano.
Quizás necesitemos abordar nuestras capacidades cognitivas con mayor humildad y, como solían hacer las culturas antiguas, integrar la conciencia emocional y ética —nuestros "corazones"— en nuestro pensamiento. En muchos sentidos, los humanos no somos los únicos seres inteligentes de este planeta. Si bien podemos ser los más sofisticados tecnológicamente, solo el tiempo determinará si dicha sofisticación realmente beneficia la supervivencia a largo plazo. Quizás sea hora de romper con el círculo vicioso de "el cerebro eleva al cerebro" y comenzar a ver el mundo de una manera más simbiótica.
Referencias
medicina antigua
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